26 de julio de 2009

Cartegena - Murcia

Los secretos romanos del Molinete

http://www.laverdad.es/murcia/20090726/cartagena/secretos-romanos-molinete-20090726.html

Las excavaciones en el yacimiento sacan a la luz tesoros del siglo I como un edificio, una pintura mural y la calle que cruzaba la ciudad de norte a sur

«... Y allí, en las termas, podían disfrutar de piscinas de agua caliente, templada y fría; al lado, en la palestra, hacían sus ejercicios de gimnasia o los ciudadanos con aspiraciones políticas aprovechaban lanzar sus disertaciones políticas y hacer sus actos de propaganda. Y un poco más allá, si tenían que refugiarse de la lluvia o, como ahora, hacía muchísimo sol y calor, podían refugiarse bajo el pórtico».
El ruido de las máquinas horadando la calle Honda junto a un cartel con el símbolo del Plan E, a un lado, y el moderno perfil del nuevo centro de salud del casco histórico dejan claro que uno está en el Molinete en el año 2009. Pero basta con mirar alrededor el suelo de ladrillo en forma de espina de pez y escuchar la pasión que pone la arqueóloga María José Madrid explicando cada detalle del yacimiento arqueológico para sentir cómo la imaginación se dispara y uno se siente en plena Carthago Nova. En la Cartagena que el emperador Augusto convirtió en colonia del Imperio Romano y vio nacer el Teatro, convertido ahora en referente turístico y cultural, y el Anfiteatro, que lo será en unos años.
Para acercar a lectores la nueva campaña que llevan a cabo la Comunidad Autónoma y el Ayuntamiento de Cartagena para recuperar el yacimiento romano del Molinete, La Verdad acompañó hace unos días a la directora de las excavaciones, María José Madrid, y a la jefa de Arqueología municipal, María Comas.
Ambas explican que la campaña actual, que empezó en el 2008 y acabará en el 2011, da continuidad a los trabajos de Pedro San Martín en la década de 1970; de Miguel Martínez Andreu en las termas, en 1982; de Luis de Miquel y Blanca Roldán para los sondeos arqueológico del plan especial del casco histórico en 1995; a los sondeos en el Foro, entre las calles Pocico e Ignacio García, en 1996; y los de la curia, junto a la calle Adarve, en 2001 y 2002.
Un equipo de unas treinta personas (entre arqueólogos, restauradores, peones, topógrafos, fotógrafos, dibujante, delineantes, aparejadores y arquitectos) se centran en una superficie de 8.200 metros cuadrados delimitada por las calles Aurora y Balcones Azules. En su conjunto, el parque arqueológico ocupa más del triple: 25.600 metros que llegan a las calles Honda y San Vicente.
El yacimiento está escalonado, ya que desde lo alto del cerro hasta la zona de las termas, situadas frente a la Plaza de los Tres Reyes (donde está el centro de interpretación del Decumano) hay un desnivel de dieciséis metros. A lo largo de la pendiente, calles y edificaciones están alineadas en cuatro terrazas.
Al nivel más bajo están las termas, de las que se conservan las galerías subterráneas para calentar el suelo radiante (de mármol o argamasa) donde cada estancia, mediante el calor generado con hogueras en el Decumano.
Seis salas tenía este balneario, adonde sólo algunos cartageneros de la época acudían. «Las termas eran como los lugares de diversión del teatro y el anfiteatro: no podía ir todo el mundo. Además, a través del horario se controlaba el acceso de las distintas clases sociales. Y también había separación entre hombres y mujeres», cuenta Madrid.
El pozo y la escalera
En la palestra, de enlosado de cerámica, los notables dejaron esculturas y epígrafes (inscripciones en piedra) con su nombre. Podían verse desde el pórtico, que constaba de dos pisos y una estructura de madera cubierta con tejas. Dotado de columnas jónicas y corintias, se extendía a lo largo de 31 metros y tenía una anchura de dieciséis.
Las termas comparten medianera con el edificio del atrio toscano, de 1.200 metros cuadrados y dos pisos. La fachada estaba abierta al Decumano. A través de un pasillo se pasa al patio y, de ahí, al tablinum o despacho del señor. Alrededor se distribuyen cuatro estancias de 82 metros cuadrados cada una y muros de cuatro metros de alto.
«Puede ser un edificio público. Está junto al Foro, la zona administrativa. Puede que fuera sede de un gremio, un grupo sacerdotal o algo así», comenta Madrid.
«Impresiona ver todavía en pie la escalera, la pozeta, las columnas toscanas o el larario, que era un pequeño armario donde tenían representados a los dioses larares, protectores de la casa, con pinturas o exvotos de bronce o terracota. Se puede ver las marcas de humo que han quedado de las ofrendas que les hacían con velas en ese altar», ilustra María Comas.
Y no menos impactante es la pintura mural conservada en una de las salas. Los romanos se esmeraron con grasas, óxido de hierro, argamasas y pigmentos para representar el carnoso tallo de un piña en un zócalo rectangular rojo con bandas verdes y un interpanel negro. Esa joya de la decoración vegetal la admirarán cada año miles de personas cuando abran al público esta Pompeya de Cartagena.

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