21 de abril de 2007

Almenara-Puras - Valladolid

Almenara Vivir a la romana


Visitar unas ruinas clásicas es, a veces, un ejercicio de imaginación fabuloso de lo que «pudo haber sido», de esforzada revisión de un pasado que la naturaleza tenía oculto. Así son prácticamente todas las zonas arqueológicas del mundo, excepto Pompeya que, gracias a la lava furiosa del Vesubio, conserva intactas y a la vista, tal como fueron, sus villas y palacios, sus calles y plazas, sus pinturas y sus muertos.

Pero la apreciación de la construcción clásica resulta a veces distorsionada porque, entre otras cosas, es difícil hacer ese esfuerzo de imaginación si nunca se ha visto antes un modelo completo, sin ruinas, de, por ejemplo, una casa o villa romana. Tal es la conclusión a la que llegó la Diputación de Valladolid cuando decidió recrear una Casa Romana (pars urbana) como parte del Museo de las Villas Romanas de Almenara, a once kilómetros de Olmedo. En un esfuerzo de promoción de los pueblos de la provincia, se ha reconstruido la réplica de una lujosa residencia de una villa bajoimperial (siglos IV-V, d.C), al lado de las fabulosos ruinas de la Villa Romana que un agricultor descubrió por casualidad hace años.

Hogar y «oficina»
Todo empezó el 5 de julio de 1967, cuando un labrador de la zona, con mucha sensibilidad, descubrió esta villa y, por su cuenta, invirtió el dinero que tenía en intentar recuperarla. Tras su fallecimiento, la Diputación de Valladolid, allá por los años 90, consideró que debía continuar la labor y, tras una buena inversión para los trabajos arqueológicos de la vivienda y sus mosaicos, se pudo visitar la villa. Estaba ubicada en un lugar de tierra arenosa y, para no sufrir el expolio de los gamberros, en 2006 se cubrió y protegió el recinto, un total de 4.800 metros cuadrados. Dentro quedó la villa, una granja de la época que ha tenido una dilatada historia antes y después del Imperio Romano.

En esta villa del Bajo Imperiose llevaron a cabo todo tipo de investigaciones, y al final se decidió hacer al lado, en un recinto especial, un museo interactivo que se abrió en 2005. Un museo que incluye una sala de exposiciones permanente —con objetos que aparecieron durante las excavaciones— y otras que albergan diversos aspectos didácticos, con paneles que explican la vida en las villas romanas y los oficios que allí había, porque una villa era una explotación agrícola y ganadera donde se cultivaba de todo... salvo lo que vino después de América. Lo que ningún arqueólogo sabe es cuántas personas vivieron en la villa romana de Almenara. Sí se conoce que en ella moró desde el siglo IV al V una familia rica (un terrateniente de la época) y sus esclavos; y a su alrededor, un grupo de campesinos en régimen de servidumbre, porque todas las tierras del entorno de la villa se cultivaban. Esta familia latifundista cultivó la tierra para consumo propio durante dos siglos, pero también la explotó como negocio, pues el excedente se vendía probablemente en el mercado de Coca, la ciudad próxima más importante de esa época romana. Las ruinas de la villa romana se pueden visitar a través de pasillos levadizos (a un metro del suelo) que discurren por todas sus dependencias, tanto las que tenía el señor de la casa para vivir con su familia como las que utilizaba para recibir. La labor de cerramiento para proteger la villa es del arquitecto Roberto Valle con paredes de lamas de iroco, vigas de acero y techo de chapa.

Con la doctora Margarita Sánchez, arqueóloga del recinto, recorrimos el Museo de las Villas Romanas, que incluye la villa, el museo y un parque temático infantil. Ha recibido varios premios, entre ellos el Diploma Europa Nostra 2004, por su integración en el paisaje y su presentación didáctica al público.

Esta Villa Romana, base de todo el complejo, se construyó en el Bajo Imperio, cuando se produjo un desplazamiento de la población hacia el campo, y el cultivo agrícola y las villas sustituyeron a los palacios urbanos de las grandes familias de la ciudad hasta el desmembramiento en el siglo V del Estado romano. Fue entonces cuando sus dueños las abandonaron y, con la llegada de vándalos y visigodos, aunque continuó la explotación agrícola, el brillante mundo de las villas desapareció.

La de Almenara tenía dos parte unidas entre sí por un pasillo: a un lado, la vivienda privada, y al otro, la de recibir. La pública y la privada. La primera, mucho más pequeña, tiene una entrada que da a un patio (peristilo) del que salen la sala de recepción de clientes, los comedores (triclinio) y diversas habitaciones. La parte privada, más grande y majestuosa, se comunica con la pública a través de un pasillo que da a otro peristilo más grande del que salen diversas dependencias: por un lado, los dormitorios, las salas de recibir y el comedor; por otro, las termas y las dependencias del servicio. La mayor parte de los mosaicos (en piedra caliza, mármol o pasta vítrea) que cubren el suelo tienen dibujos geométricos y florales, aunque en la parte privada hay uno que representa el mito de Pegaso. También hay suelos romanos (de mortero de cal y arena). Al lado de las termas con el apoditerio (vestidor y guardarropa), y de la zona para disfrutar del baño —el frigidario, tepidario y caldario—, se encuentra el hipocausto (calefacción), con las galerías subterráneas de ladrillo por donde iba el fuego que calentaba el suelo. La villa tiene los zócalos de hormigón romano o de tapial (encofrado con tierra), reconstruidos.

De la cocina al baño
¿Cómo se vivía en estas villas? Eso es lo que trata de ilustrar esta recreación de la casa romana que acaba de inaugurarse al lado del recinto arqueológico y del museo, y que forma parte de la oferta turística y cultural del complejo del Museo de las Villas Romanas, cuya inversión global ha ascendido a 5 millones de euros, financiados por la Diputación de Valladolid en colaboración con la Junta de Castilla y León y el apoyo científico de su Universidad.

Es la primera vez que en España se lleva a cabo la reproducción de una casa, que no es la del complejo arqueológico propiamente dicho, sino el prototipo de una vivienda. Una obra que tiene el objetivo de que la gente aprenda a entender y apreciar las ruinas romanas que la acompañan. Una casa que, además de contar con el peristilo, el mobiliario de época, los enseres de la cocina, las termas, las letrinas, las pinturas de las paredes y diversos objetos del Bajo Imperio dispone, durante algunos festivos y fines de semana, de un grupo de teatro, el «Francachuelas» de Olmedo, que representa escenas de la época con actores ataviados para la ocasión, que ayudan al visitante a entrar en ambiente. En total, son ocho espacios «tematizados» en los que se contemplan escenas de la vida cotidiana como, por ejemplo, cómo los romanos cenaban y comían recostados en el triclinio, bien cogiendo de la mesa los platos o acercándoselos los esclavos.

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